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Un viaje que me contuvo

  • Writer: Tatiana Parada
    Tatiana Parada
  • Jul 29, 2021
  • 5 min read

"...Por eso lo llamo: mi viaje contenedor, me sostuvo, me consoló, me ayudo a sanar y seguramente me alejó de imágenes y situaciones que no debía vivir.."

Esta vez, quiero contarles sobre una experiencia de viaje que aún es difícil de describir para mí, en un lugar maravilloso, lleno de variados paisajes, un destino obligatorio, pero que, además, está cargado del recuerdo de dolor más grande que ha sentido mi corazón estando lejos de casa. Por eso lo llamo: mi viaje contenedor, me sostuvo, me consoló, me ayudo a sanar y seguramente me alejó de imágenes y situaciones que no debía vivir.


El 4 de noviembre de 2016 partiríamos con mi compañero de viaje a un recorrido de más de 8 días por Perú, comenzaríamos por Lima, y bajaríamos hacia Ica, Arequipa, Puno y Cuzco, de ahí volveríamos nuevamente a Lima para regresar a Colombia. Los tiquetes los habíamos comprado en agosto y teníamos listo todo el itinerario.


El 4 de noviembre en la noche comenzaba esta aventura, sin embargo, ya llevaba más de un año, transitando junto con mi familia, especialmente mi mamá, mis tías y mis primos por una de las enfermedades más dolorosas y fuertes que pueden afectar al ser humano. En mayo de 2015 Ana (mi abuela) fue diagnosticada con cáncer de matriz al parecer en un estado avanzado.


Recuerdo el miedo que tuvimos cuando supimos el diagnóstico, mi mamá y mis tías ya habían pasado por ello (una de sus hermanas había muerto muy joven de cáncer en la matriz); es un miedo grande porque siempre se asocia la enfermedad con muerte, tratamientos, medicamentos, perdida de cabello, etc. Lo que vendría no sería fácil, pero la manera en que Ana resistió y respondió a las quimioterapias nos hizo ver la luz.


En septiembre de ese año me gradué como arquitecta y yo solo quería celebrar que ella estuviera compartiendo conmigo estos momentos. Hacia finales de 2015 uno de los doctores que la atendían dijo que el cáncer había desaparecido, recuerdo que ese día celebramos con champaña. Sin embargo, en uno de los controles meses después allí estaba otra vez, esta vez la radioterapia era la única solución. Creo que fue justo ahí, cuando ella escucho que debía someterse nuevamente a esos tratamientos, donde se dio cuenta que esa no era la vida que aspiraba vivir.


Recuerdo ese tiempo como un tiempo de mucha unión familiar, nos reuníamos con cualquier excusa en su casa, desde su cama, a ella le gustaba mucho escucharnos molestar, cantar y reír. Los 31 de octubre siempre nos regalaba una bolsita con dulces para celebrar Halloween ¡ya éramos unos viejos! Ya no salíamos a pedir dulces, pero ella le encantaba dar, ese 31 de octubre, las bolsitas estaban, pero nunca supe realmente si ella estaba. Esas ultimas semanas ella no era ella, tenía mucho dolor y un día simplemente se quedó sin voz.


Para mis primos y para mí era demasiado doloroso encontrarnos para ir a verla, yo fui a despedirme antes de tomar el avión para Lima porque no tenía certeza de nada, a ella le encantaba que yo viajara, y aunque no soy de souvenirs, siempre le traía algo especial. Esta vez, sin voz, no pudo decirme adiós, y yo me fui en calma, sabiendo en que no podía hacer nada si me quedaba, todo estaba en manos de Dios.

Los días en Lima fueron inimaginables, mucha arquitectura, mucha historia, mucho patrimonio ¡mucho pizco! Había folclor, baile y cultura por todas partes. Ese día estuvimos en el centro de la ciudad, en la costa, visitamos un centro de memoria donde perdí el celular (tranquilos, antes de volver a Colombia conseguí recuperarlo). Esa pérdida del celular me hizo perder comunicación con el grupo de familia que tengo en WhatsApp y no logré estar completamente informada de lo que pasaba en casa de Ana.


El 7 de noviembre ya estábamos en Ica, donde comí el ceviche más delicioso de mi vida. Allí iríamos al oasis de Huacachina y a surfear en arena (experiencia muy recomendada). Ese día lo recuerdo perfectamente de principio a fin, ansiedad por el paseo en buggy, vacío, miedo de botarme sobre la tabla en una de las tunas más altas del desierto, pero fue demasiado emocionante, lo amé. En la noche teníamos que tomar un bus que nos llevaría 12 horas por tierra hasta Arequipa.

La situación que les voy a describir a continuación la viví en cámara lenta, como si yo no estuviera en mi cuerpo, sino que lo hubiera visto desde arriba. En la noche, esperando el bus en la terminal de Ica, mi compañero de viaje estaba como a 80 metros de pie, de espaldas, no recuerdo que hacía, yo estaba sentada descansando en una silla con las maletas. Vi cuando su celular se alumbró, era una llamada entrante, él contesto, lentamente voltea hacia mí para llamarme, pero con su mirada entendí… Ana se había ido. Mi cuerpo caminó, levitó, se arrastró hasta donde él estaba, y cuando llegué tomé su celular. Al otro lado, mi mamá no podía hablar, muchas lágrimas, pocas palabras, lloramos las dos, creo que después de eso ya no hablé.


Me subí al bus y todos esos kilómetros de distancia me sirvieron para llorar, para tratar de procesar, para cuestionarme. No iba a encontrar respuestas en mucho tiempo, así que me tomé una pastilla para dormir, y llegué como una persona diferente a Arequipa. La vida me había quitado a la mujer más increíble y centro de nuestra familia, al amor real e incondicional.

Siempre que me preguntan sobre la ciudad que más me gustó de Perú, digo Arequipa, cuando veo las fotos siento que no me veo triste, pero tampoco me veo yo, definitivamente algo cambió. Arequipa me acogió de una manera hermosa. Es bella toda ella, los colores, las piedras, caminarla es sanador, recuerdo que mientras caminaba por el Monasterio de Santa Catalina, yo me sentaba para hablar con mi mamá. No me acuerdo si lloré, me acuerdo de los pequeños rayos de luz que entraban en los recintos que alguna vez ocuparon las monjas, me acuerdo de pensar que de ahora en adelante Ana estaría conmigo en todos los viajes que me quedaban por emprender.

Los días siguientes no fueron diferentes, no puedo decirles que no disfrute el viaje porque no fue así, vi cosas asombrosas, hicimos todo lo que teníamos planeado, caminamos por tres horas rodeando la montaña por la vía del tren para llegar a Aguas Calientes, y luego a Machu Picchu. Esta fue una de las experiencias que me conectó muy profundamente con la naturaleza, seguramente eso me ayudó a recordar que todo iba a estar bien, que lo único cierto en la vida es la incertidumbre, el cambio, que las personas se van, pero siempre habrá viajes, que como a mi en este caso, se conviertan en sanadores.



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© 2021 by Tatiana Parada Moreno

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