La travesía antes del confinamiento
- Tatiana Parada
- Jul 22, 2021
- 6 min read
"...un relato que contiene una realidad que la humanidad jamás pensó vivir: una pandemia que afectó todos los rincones del mundo y que en mi caso se convirtió en toda una experiencia en el viaje de regreso a casa...."

En la primera entrada de mi blog les conté sobre el primer viaje que hice fuera de Colombia, y como me enamoré no solo de la ciudad en la que me recibió seis meses, sino sobre el origen de mi interés por recorrer el mundo. Desde ese entonces he estado en diferentes países de América latina, en Japón y Australia, donde viví por dos años y donde comienza este segundo relato, un relato que contiene una realidad que la humanidad jamás pensó vivir: una pandemia que afectó todos los rincones del mundo y que en mi caso se convirtió en toda una experiencia en el viaje de regreso a casa.
En diciembre de 2019, cuando el coronavirus comenzó a desatarse en China y aún no ocupaba los encabezados de los medios de comunicación de todo el mundo, yo me encontraba en Melbourne, Australia, disfrutando de las celebraciones de fin de año. Para ese entonces, ya había enviado una maleta a Colombia, y junto a mi compañero de viaje teníamos listo el itinerario que comenzaría el 6 de febrero en Bali y terminaría en El Cairo, donde tomaríamos un vuelo con escala en Estambul para llegar finalmente el 21 de marzo a Bogotá.

Durante el mes de enero de 2020, con el dinero del viaje completo, me dediqué a disfrutar, dejé mi trabajo de noche para trabajar solo en la tarde. Recuerdo todos los días iba en bicicleta, por toda la costa, desde la playa de St Kilda, hasta la icónica playa Brighton bathing boxes que quedaba a dos cuadras de mi trabajo. La bici me permitió deleitarme y sortear la brisa del mar (sabía que iba a extrañar eso cuando volviera a las Bogotá) disfruté el caluroso invierno, los atardeceres, el sonido del mar, los postres, la cerveza, el vino y la deliciosa comida que encontraba cerca al apartamento donde vivía.
Aunque viví los últimos meses sin estrés, a dos semanas del viaje empecé a ver por todas partes el coronavirus, como todos, no sabía realmente de que se trataba, pero daba algo de miedo porque nos dirigíamos al sudeste asiático, epicentro de las noticias por el aumento de casos debió a la cercanía con China. No recuerdo que se nos hubiera pasado por la cabeza cancelar el viaje, igual teníamos que volver de alguna forma a Colombia, lo que si hicimos fue ir a la farmacia y comprar antibacterial, vitamina C, antigripales y medicamentos contra la fiebre; más que la enfermedad, ese era nuestro camino a casa, y me daba terror que al momento de la toma de temperatura antes de un vuelo no nos dejaran abordar y nos quedáramos varados en alguna de las ciudades que visitaríamos.
Para sentir algo de tranquilidad, compramos un seguro de viaje y conseguimos tapabocas industriales que usábamos en el trabajo (en ese momento no se conseguían en las farmacias, y nadie fabricaba de tela). Cuando llegamos al aeropuerto de Melbourne nos asombramos de las contadas personas que lo usaban, en todo caso, preferimos prevenir, nos volvimos obsesivos con el antibacterial y el lavado de manos, recuerdo que no tocábamos manijas, puertas, etc. El viaje por el sudeste asiático se vivió normal, nadie usaba tapabocas y lo único diferente era el registro a donde llegabas, te median la temperatura y te preguntaban en que países habías estado los últimos 15 días.
Singapur fue el último país del sudeste asiático que visitamos, desde allí comenzaron a complicarse un poco las cosas, nos cancelaron el vuelo al Cairo (según la aerolínea habían comenzado las prohibiciones de entrada a la gente proveniente de Singapur). Finalmente, lograron reubicarnos en uno que haría escala en Dubái, y nos llevaría a El Cairo el mismo día que teníamos planeado en el itinerario. Antes de abordar, nos advirtieron que podrían dejarnos en cuarentena cuando llegáramos a Egipto, ahí tuvimos que tomar la decisión si intentábamos llegar directamente a Colombia, o arriesgarnos. ¿Adivinen? Egipto nos llamó, nos arriesgamos y cuando llegamos no pasó nada que no haya pasado antes, toma de temperatura, formulario de registro, pagamos la visa y comenzó el viaje.

En otra entrada del blog, les contaré en detalle los contrastes que se viven en Egipto, lo que me asombro, me sorprendió, un país más allá de las pirámides y la esfinge. El viaje comenzaba y terminaba en El Cairo, y habíamos contratado un crucero por el Nilo de Luxor a Asuán, cuando subimos al barco, este estaba al 40% o menos de su capacidad, al parecer éramos pocas las personas que continuamos con los planes de viaje. Sin embargo, durante las cenas que compartíamos con los demás turistas el único tema que se tocaba en la mesa era el coronavirus. Al principio, eso no me impidió disfrutar del increíble viaje, de los monumentos, del Nilo, el llamado a la oración todos los días y los lugares cargadísimos de historia. Quedé sorprendida con todos los sitios que visitamos, el té, las esencias, las artesanías, la tradición detrás de cada tumba y dios egipcio.

Con el crucero ya diezmado, (muchos de los que habían empezado el viaje con nosotros decidieron regresar a casa antes de tiempo). La última actividad que hicimos, antes de volar a El Cairo era cruzar el rio Nilo en las tradicionales falucas (pequeña embarcación conducida históricamente por los egipcios gracias al manejo de sus velas). Antes de eso, recibimos la noticia de que nuestro vuelo a Colombia había sido cancelado. Mientras cruzábamos el Nilo, y el guía nos contaba sobre las falucas, yo solo pensaba, “quiero llegar a mi casa”. Pero en ese momento no podía hacer nada, en una ciudad pequeña, los teléfonos de las aerolíneas colapsados, había que llegar al aeropuerto del Cairo y dirigirnos directamente a la oficina de la aerolínea.
Fue un poco triste despedirse así de Asuán, cuando llegamos al Cairo había filas por todas partes, recuerdo que había gente de México, Chile y Argentina tratando de volver, habían comenzado a cerrar aeropuertos en todo el mundo, en mi cabeza eso era impensable… dejarnos incomunicados, dejar a todas estar personas aquí. Estuvimos más o menos tres horas esperando el turno con la asesora para ver si era posible que nos reubicaran en algún vuelo. El vuelo tenía que ser pronto y no tener muchas escalas, porque posiblemente podríamos quedar retenidos en alguna de esas, Europa ahora era el epicentro de la pandemia y estaba hecha un caos, ¡lo que más nos importaba era cruzar el Atlántico! Mi compañero de viaje, que es un duro con el tema de aviones, aerolíneas, vuelos, etc., sabía que había rutas directas de algunos países de África, con esa sugerencia fue como lograron conseguirnos un vuelo que llegaría a Sao Paulo desde Etiopía.

El vuelo hacia Adís Abeba, capital de Etiopia salía en la madrugada, no pudimos hacer el itinerario que nos faltaba de El Cairo, pero si alcanzamos a ir esa noche a Khan el-Khalili, famoso mercado del Cairo y gastar el dinero que nos quedaba en comprar una Narguila hermosa Disfrutamos de la última comida y arrancamos. La escala en Etiopía era corta y el aeropuerto fue un caos, a pesar de todo, logramos subir a tiempo. El vuelo estaba lleno de latinoamericanos, ahora si todos con tapabocas y con una tranquilidad que se respiraba en el ambiente por poder regresar a casa. En el aeropuerto de Sao Paulo, nos enteramos de que el vuelo de Avianca que nos llevaría a Bogotá, lo habían movido para más tarde… un poquito más de agonía, pero conseguimos descansar y preparar ropa limpia y tapabocas para cuando llegáramos a casa.

Cuando llegamos a Bogotá, la ciudad estaba en un simulacro de confinamiento, que se convertiría posteriormente en 3 meses de estar en casa. La llegada fue un alivio, pero al mismo tiempo algo triste, nadie te podía recibir en el aeropuerto (aparte las maletas las enviaron dos días después), Bogotá estaba desierto y cuando llegué donde mis papás no pude abrazar a nadie, debía cumplir dos semanas de aislamiento en mi habitación, y el compañero con el que había compartido los últimos cuatro años de mi vida volvería a su casa.
Me siento afortunada de poder haber vivido esta experiencia, me siento fuerte y capaz de afrontar el mundo, el inglés me sirvió para hablar con las personas, para pedir ayuda, e incluso ayudar a otras en ese momento de incertidumbre. El perder el control, estar lejos, lejísimos de casa, me demostró todo lo que soy y lo que puedo hacer. Creo que la pandemia esta reevaluando muchos comportamientos dañinos que teníamos como sociedad, y en este caso, uno de ellos es el turismo. Disfrutar Egipto con poca gente me hizo pensar en cómo el planeta y la naturaleza descansó cuando todos volvimos a nuestras casas, y aunque es claro que debemos seguir adelante, es importante reflexionar sobre la clase de turismo que promovemos, es el momento de tomar acción para equilibrar nuestra relación con la naturaleza, y como el turismo sirve para incentivar el conocimiento de otras culturas en vez de aumentar el consumismo descontrolado.


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